Del carácter público del arte


Autor : Kevin Daniel Fernández, secretario de cultura, Asociación de Estudiantes Universitarios “Oliverio Castañeda De León, Universidad San Carlos de Guatemala.

Lo que debe ser público es lo que se considera de un valor colectivo que trasciende las barreras de lo privado. Este valor se establece a partir de los medios sociales: la comunicación, la economía, las relaciones de poder, de inteligencia. Así es como debe conseguirse el consenso, la legitimidad, la legalidad, que permitan el debate sobre la publicidad de lo valorado socialmente. El arte no está exento de este valor, existimos personas que valoramos las obras, partes interesadas en que el arte exista y se promulgue, se conciba, sea posible y se cree. Y es que concebir al arte como un bien público se permite también que sea entendido como un bien que puede ser privado y que depende de las intencionalidades de su creador, de quien lo desea comprar o hubiese comprado, o patrocinado, y de los conocedores del arte. Significa asimismo, que el arte sea público porque el valor que hemos hallado en ciertas obras exige no solo el hecho de ser de propiedad pública o de originalidad pública sino de ser pregonado como un punto de partida, indudablemente una estética, y, de ser necesario, una sentencia, y la muestra de una pena. Es una necesidad que encontramos en nuestra individualidad y de la que tenemos derecho a satisfacer. Así como quizá es el arte una necesidad, aprendida o innata, un derecho contemporáneo que buscamos todos los interesados en el arte que se cumpla. 

No debe haber miedo o prudencia alguna de suponer estos consensos, legitimidad o legalidad para discutir, sin estas ataduras prescindibles, el hecho de que parte del arte que se produce dentro del territorio de un Estado puede y debe ser comprado por el mismo. El Estado es un gran mecenas en la Edad Contemporánea, se erige asimismo como una organización que precisa de una identidad, entre otras cosas, para subsistir y ser efectivo. El arte puede permitirle al Estado, y esta ha sido su intención en muchas obras monumentales, reflejar su identidad, demostrar más allá de lo pensado, de lo ideado, de lo declarado, lo que es de manera material, tangible, real. 

Al final, aunque nos paremos a distancia de una pintura, una pieza cualquiera o una sinfonía que flota en lo imperceptible del sonido o de un concepto, sabemos que lo maravillosamente humano es el hecho de que sea posible, verificable, a veces tangible y a veces intocable. Es hacer realidad un sueño, una inferencia, una conclusión, un consejo o la sola muestra de la existencia. Así sea rasgar la pared, que puede ser arte, o el simple hecho de pensar. Pero es quizá el Estado el que, en pinacotecas, conservatorios, teatros y museos prolongados pueda mejor que nadie asegurar no solo su exposición, sino la subsistencia, que estos procesos continúen, competencia solamente de la cultura, espacio que tiene un carácter público de primer nivel -cuando está dentro de Gabinete y ostenta garantías constitucionales-; siendo la cultura la institución dentro de la cual trasciende todo lo humano que se permite trascender. Es por eso que se consideran problemas públicos la difusión de la cultura, la conservación del patrimonio, el sostenimiento de las artes, su estudio, revalorización y divulgación. Es asimismo el arte una forma de urbanidad, cuando se le hace callejero, siendo una irrupción o una forma muy posicionada y cualquier cosa dentro de un espectro indefinible. 

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El arte, por tanto, debe ser un espacio en el que se discuta cuáles piezas deben se públicas, cuales deben ser privadas, a través de un debate que solamente la democracia puede hacer posible de manera justa, siendo esta justicia una de las bases para que el arte pueda seguir existiendo. Es cierto que las crisis políticas crean grandes obras de arte que muestran quizá en su grandeza, la grandeza de su soledad, la desesperación de los autoritarismos y su irrupción como arte, como espacio sensible que apenas soporta el espacio en el que está; casos como estos sobran en Guatemala. A contracara, tampoco hay duda en que las democracias institucionalizadas contienen galerías sanas, visitadas, junto a colecciones privadas invaluables, que  mantienen sus ciudades históricas, sus piezas valiosas, sus palacios y monumentos. 

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Sin arte público peligra la identidad colectiva, las concepciones individuales que nos pueden hacer únicos, el equilibrio que permite la plenitud, la estética, el sentido común y lo irracional, la diversidad infinita de ser humano. Porque aunque exista arte privado, no sería lo mismo de cualquier obra maestra si no la hubiesen visto quienes la dotan de valor colectivo; así como pueden permanecer muchas obras en la oscuridad de lo privado, para que estas existan, a la luz de lo público deben brillar las que están hechas para el brillo, las que se les ha dado brillo social y las que sus autores hayan pretendido hacerlas destellar.

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