Memorias románticas de una asexual

Texto: Ivon Kwei

Soy asexual. Eso significa que no siento atracción sexual hacia nadie. Soy romántica y eso significa que puedo sentir atracción romántica hacia las personas.A algunos asexuales les disgusta hablar de sexo, a otros no. Algunos asexuales tienen relaciones sexuales, otros no. Algunos asexuales se masturban, otros no. Ahora que eso quedó claro, te cuento mi historia.

La primera vez que me gustó alguien no lo quise aceptar. Estábamos en quinto primaria, la vamos a llamar Mariana. Fue un sentimiento dulce el que sentí por ella y me imagino que nunca lo sospechó. Sólo pensó que yo era un poco rara y demasiado cariñosa. Se fue del colegio al año siguiente. La segunda vez que me gustó alguien, fue en bachillerato. A ella le vamos a llamar Andrea. Fuimos muy buenas amigas, por lo que yo sentí una hermosa eternidad. Ella era mi sol, me encantaba su personalidad y creo que de verdad me enamoré. Fue un sentimiento muy diferente al que sentí por Mariana, fue algo más profundo.

Al salir del colegio las cosas cambiaron y Andrea ya no tenía tiempo para mí. Me entristeció, porque a pesar de que me habría gustado tener algo romántico con ella, me bastaba una amistad. Especialmente la que compartimos en aquel tiempo. Terminé conformándome con la idea de que para Andrea, yo nunca sería tan importante como ella lo era para mí. Me molestaba cuando su novio la trataba mal, más nunca me sentí celosa de él.

Cuando tenía aproximadamente 17 años, algo raro sucedió. Me enamoré de alguien más. A él le vamos a decir Javier. Él era caballeroso, chistoso y muy simpático. Nunca le hablé de mis sentimientos. ¿Será que se entera por aquí? *insertar carita de mono tapándose la boca*. Resultó que a Javier le empezó a interesar Andrea. La vió por casualidad en Facebook y quedó perdidamente enamorado de su belleza. Y como yo era su amiga en común, me pidió que los presentara. Ahora bien, esa es la primera vez en mi vida que sentí celos. Creo que mi pensamiento exacto fue “¿Vos crees que soy tu traficante de prostitutas o qué putas?”. Pero, como la niña dulce y buena que soy sólo inventé una excusa por ella y ya.

Por aún más irónicos azares del destino, un día Javier me acompañó a visitar a Andrea (después de largos meses sin verla). La abracé con todas mis fuerzas y después de unos segundos ella se dio cuenta de la presencia de Javier. “¡Chinita!” mi apodo de siempre “¿Él es tu amigo? ¡Qué guapo!”. Segunda vez celosa en mi vida. Esta vez fue más fuerte porque ahora sabía que el sentimiento era mutuo entre ambos. “¡Ni siquiera lo conoces! Te mereces a alguien mejor que ese baboso” fue lo que pensé.

La sola idea de que ellos dos se juntaran me aterraba. ¿Pero por qué me sentía así? Cabe mencionar que en ese entonces aún no aceptaba que me gustan también las mujeres. Mi confusión al final causó que hiciera cosas de las cuales me arrepiento. Mi amistad con ambos poco a poco desapareció. Estaba abrumada y decidí que necesitaba arriesgarme. Tenía 18 años y nunca había ni siquiera besado a nadie. Así que me fui con el primer tipo que mostró interés por mí y lo hice mi novio. Pero estaba vacía, él no me gustaba. Me estaba engañando a mí misma otra vez. Después de casi un mes terminé con él y me sentí aún peor. ¿Qué demonios estaba haciendo?

Seguía perdida y comencé a lastimar a todo aquel que se cruzaba en mi camino. Me alejé de todos. Estar sola me ayudó, fue un destierro que me dejó con mis pensamientos. Comencé a analizar cada experiencia. Logré aceptar al fin que me gustaban las mujeres pero incluso con eso me topé con una barrera. Por mucho que quisiera a Andrea, simplemente no podía imaginarme a mí misma teniendo relaciones sexuales con ella. Nunca.

¿Aún era demasiado homofóbica tal vez? Pero la quiero, con todo mi corazón. ¿O no estoy enamorada de ella de verdad? Daba vueltas con eso. Javier me demostró que también puedo enamorarme de un hombre. Pero me pasaba lo mismo que con Andrea. ¿Por qué ella pensaba que él es guapo? A mí nunca me lo pareció. Y tampoco quería acostarme con él. ¿Entonces? Si me gustaba Javier significaba que yo era heterosexual. Si me gustaba Andrea, yo era lesbiana. Si me gustaban ambos entonces era bisexual o incluso pansexual. Pero era el aspecto sexual el que siempre me hacía falta. Ambos me gustaban por igual, ambos me atraían por igual. Y eso era nada. No sentía atracción sexual por quienes supuestamente amaba de una forma romántica.

La primera vez que escuché el término “asexual” fue por internet cuando yo tenía como 15 años. Lo consideré por un momento pero terminé rechazándolo. “Estoy joven aún, alguien va a terminar gustándome”.La presión social no ayudó. Ya sabes, esa misma que hace pensar a los hombres que tienen que conseguir una mujer y trabajar para mantener a su familia. Y a las mujeres conseguir un hombre que las cuide, para que ellas puedan mantener a los niños. Y quiero aclarar que no estoy en contra del matrimonio convencional. Sólo estoy en contra de las imposiciones sociales que te culpan y martirizan cuando no quieres un matrimonio convencional.

Esperé a ver cuándo sucedía ese cambio radical en donde de repente empiezas a babear cuando imaginas desnudo a quien te gusta. Así funciona,¿ verdad? Pues, nunca pasó.La segunda vez que consideré la posibilidad de que era asexual fue como liberar un peso que tenía encima. Nada había cambiado de mí, seguía siendo la misma. Pero ahora me estaba aceptando. A pesar del miedo de ser diferente, de que te juzguen, de que no te crean, siempre va a ser un alivio tener la seguridad de saber quién eres en realidad.

Años más tarde me enteré por redes sociales que Andrea estaba comprometida con su novio. Y de que Javier tuvo una nena con su novia. Mis celos se extinguieron hace mucho y no siento más que felicidad por el bienestar de ambos. Y aunque no los amo como antes, aún siento un gran cariño por ellos.

Tengo 22 años y estoy en una relación seria con un hombre increíblemente bueno a quien amo con todo mi corazón. Lo primero que hizo cuando me conoció fue interesarse por el hecho de mi inusual orientación sexual y romántica. No tuve ningún problema en explicarle de qué se trataba y él supo respetar incluso las partes que no entendió. Estoy en paz y al fin me siento segura de decir que soy capaz de enamorarme con pasión. Una relación, sea amorosa o platónica, requiere de compromiso, respeto y cariño. El sexo es un plus (uno que no me molesta obviar) y nunca es un requerimiento para una relación saludable. A algunos les ayuda, pero nunca debería ser obligatorio.

Y a veces aún tengo dudas. Siempre fui bastante inocente y lo sigo siendo hasta cierto punto. “¿Tal vez la asexualidad es inocencia o miedo?”. Todavía podría llegarme el día cuando de repente ¡pum! Ya no soy asexual.

Pero ya, en serio. Estaría engañándome a mí misma de nuevo.

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Colaboradores Polyester

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